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Antonio Fernández Castro, un soldado de Huelma en la guerra de Ifni-Por Francisco Ruiz Sánchez

Ago 01
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Los intentos de control de zonas del norte de África por parte de España tienen su inicio con el nacimiento del propio estado español con el matrimonio de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos.

No es mi intención estudiar tan amplio periodo, remontando aquí al año de 1860 con el fin de contextualizar bien los episodios bélicos que voy a tratar en este trabajo. En abril de ese año el reino español y el sultanato de Marruecos firman el tratado de Tetuán que pone fin al primer episodio de una guerra que desangrara a España durante 100 años.

Desde 1840 las ciudades españolas de Ceuta y Melilla vienen sufriendo constantes incursiones de grupos marroquíes. En 1859 el prestigioso general O´Donnell, presidente del Gobierno con Isabel II, se decide a contestar con un duro escarmiento al acoso que se sufre y declara la guerra a Marruecos. Esta es la versión oficial de aquel acontecimiento histórico, pero los verdaderos motivos de esta declaración de guerra, como en la mayoría de los casos, son inconfesables. Lo que el político y militar pretende es eliminar todos los problemas internos que ponen en peligro su presidencia sustituyéndolos por un ardoroso patriotismo, además de dar prestigio a la nación en una época en la que los estados europeos se repartían el mundo. España quería llevarse un trozo de este pastel, aunque fuese pequeño y de mal sabor.

Este primer capítulo de lo que sería una guerra interminable es ganada por España a pesar de las graves deficiencias que sufre su ejército, pero es que el enemigo a batir es muy pobre en todo. Con el tratado de paz, España amplia sus fronteras en torno a Ceuta y Melilla y obliga al sultán a ceder un territorio en la costa atlántica para el establecimiento de una pesquería como la que hubo en tiempo de los Reyes Católicos, y que fue conocida como Santa Cruz del Mar Pequeña, y de la que no se sabía su ubicación exacta.

Tras diversas vicisitudes la pesquería o establecimiento comercial fue situado en una zona de acantilados conocida como Ifni, pero no se llegó a un acuerdo en cuanto a la extensión que debería tener. Fue ya en 1912, tras el tratado entre franceses y españoles en el reparto del norte de Marruecos y la creación de los Protectorados, cuando se definen los límites de la nueva posesión española, pero que no podrá ser ocupada ante la belicosidad de los vecinos hasta 1934, cuando es tomada por el coronel Capaz.

Entre tanto España, y siempre al sur de Ifni,  fue creando hasta tres asentamientos más: Rio de Oro y Saguía El Hamra  que conformaría lo que se conocería posteriormente como Sahara Español, y Cabo Juby que junto a Ifni conformarían el Protectorado del Sur(1). Las primeras fueron ocupadas como colonias al no ser consideradas como territorio marroquí. La tercera, que sí se tuvo como tierra del reino alauita, le tocó a España en el reparto que hizo con Francia.

En el mapa aparece la situación de las tierras que controlaba España en 1956, año en el que comienza nuestra pequeña narración.

El 2 de marzo de 1956 Francia, cansada de sostener una guerra interminable y necesitada de concentrar todas sus fuerzas en Argelia, de manera unilateral le concede la independencia a la zona de Marruecos que controla, situando en el trono al hasta ahora sultán Mohamed V, abuelo del actual monarca. España se queda en una situación insostenible y el 7 de abril de ese mismo año también reconoce la independencia del protectorado del norte, una tierra regada profusamente con la sangre de pobres soldados españoles que dieron sus vidas por nada. Quedaban  fuera del acuerdo los territorios situados en la costa atlántica, convirtiéndose desde este momento en territorios en disputa con los marroquíes, quienes iniciarán un periodo de sabotajes y atentados.

Se llega así al 23 de noviembre de 1957, día en el que bandas armadas apoyadas por la monarquía atacan las diferentes posiciones que los españoles tienen en Ifni con distintos resultados(2). Sidi Ifni, la ciudad más importante construida por los propios españoles sobre unos acantilados, se defiende bien. Cosa distinta ocurre en los puestos más avanzados  que están defendidos por unos pocos soldados mal pertrechados. Muchos de ellos son tomados por los guerrilleros y algunos otros quedan aislados. Comienza de esta manera la conocida en los libros de texto como  Guerra de Ifni-Sahara. Se añade el término Sahara dado que el conflicto se extenderá a esta zona desértica y colonia de nuestro país hasta 1975. 

Efectivamente se trató de una guerra en toda regla, pero un conflicto que no fue declarado por el Régimen de Franco, y que lo escondió todo lo que pudo a la ciudadanía para evitar el recuerdo traumático de las pasadas guerras contra el moro. 

Aquí nos detendremos en los hechos bélicos que se desarrollaron en la zona de Ifni, tierras que muy probablemente no sabía situar en el mapa nuestro vecino Antonio Fernández Castro cuando en 1957 cumplía el servicio militar en la localidad gaditana de San Roque, sirviendo como Cabo 2º fusilero en  la 3ª Compañía del Regimiento de Infantería  Pavía nº 19(3). 

En 1957 Ifni ocupaba una extensión de unos 1.700 kilómetros cuadrados y contaba con una población de 40.000 habitantes, el 10% eran de origen europeo y el 90% restante indígenas. Situada a unos 200 kilómetros al sur de Agadir,  su capital, la ya referida Sidi-Ifni,  tenía una población de unos 8.000 habitantes de los que el 40% eran españoles y el resto nativos. Era y es un terreno pobre, semidesértico, que nada bueno aportaba a la nación española.

Tras el ataque del día 23 ya hemos visto que unas pocas posiciones avanzadas quedaron aisladas. En alguna de ellas se desarrollaron verdaderos actos de heroísmo con los que pudieron resistir frente a un enemigo muy superior, y en una situación de carencia de alimentos, agua y munición. Finalmente, y con la ayuda de los soldados concentrados en la capital, estas tropas pudieron replegarse hasta esta ciudad. El resto del territorio se dio por perdido. Durante el resto de tiempo que duró esta guerra los soldados españoles se centraron en la defensa de la ciudad. Solo salieron de ella en contadas ocasiones con el fin de  mostrar su fuerza con un fin disuasorio y para controlar las alturas del entorno.

Hasta el momento de la ofensiva marroquí, Ifni estaba defendida por unos 2.700 soldados españoles, de los que 700 eran de origen nativo y por lo tanto de dudosa lealtad en momentos de crisis. Un ejército de ocupación pequeño y mal armado frente a unos 5.000 combatientes en la otra zona exultantes de moral por la recién conseguida independencia. Es por ello que pronto se manda refuerzos, entre ellos tres batallones servidos por soldados de reemplazo. En uno de ellos estaba destinado nuestro paisano.

Me cuenta Antonio que embarcaron en Algeciras el 27 de noviembre de 1957 en el transbordador Virgen de África, desembarcando en Sidi Ifni el 1 de diciembre tras hacer escala en las Islas Canarias.

Su unidad fue destinada en los montes que dominaban la ciudad donde se asentaron en trincheras por ellos mismos cavadas hasta que fueron relevados al cabo de 8 meses. Cuenta que vivían como culebras, arrastrándose por el suelo para no ser  dianas de los “pacos(4)”, y durmiendo en el suelo.

La misión que tienen es puramente defensiva, alambrando el terreno que lo siembran de minas. Esto no evita el miedo a un enemigo muy sibilino que los rodea y al que le gusta actuar por las noches.

El hecho más grave que sufrió su unidad ocurrió el 18 de diciembre, a los pocos días de llegar a tierras africanas. La noche anterior estuvo lloviendo y todos los soldados estaban empapados. Al amanecer el teniente de su sección, Santiago Cristos Astray,  ordenó que se encendiera una hoguera con retama húmeda del entorno que sólo pudo desprender humo(5). Y tal como le había comentado Antonio a su oficial, el asentamiento fue fácilmente localizado por un enemigo que comenzó a bombardearlo con morteros, por lo que tuvieron que adelantar sus posiciones. Fue entonces, continua contando Antonio, cuando se presentó el capitán de la compañía, Antonio Raladí Gaite, que estaba con el resto de la compañía a corta distancia de la sección, para ver lo que ocurría. El teniente le informó y le dijo a su jefe que su sección estaba dispuesta a hacer “una descubierta” para localizar a los morteros, ordenándole el capitán que esperará al resto de la compañía. Pero el teniente, un gallego valiente y con ganas de ascender, no esperó y ordenó a sus soldados avanzar. Descubrieron entonces que los moros estaban muy  cerca, a “tiro fijo”. Y fue el propio oficial el que cayó  de un disparo en el pecho. Antonio estaba cerca, y arrastrándose pudo llegar hasta él para comprobar que estaba muerto sobre un gran charco de sangre. El capitán pronto se dio cuenta de lo sucedido, llegando al auxilio de la sección por la retaguardia hasta alcanzarlos. Las balas de sus compañeros silbaban por encima de ellos que se cubrían tendidos en el suelo. Finalmente los moros huyeron saltando de sus escondrijos como “chotos”. A la muerte del teniente se sumó la de tres heridos. “!Cómo una guerra!” exclama hasta tres veces Antonio mientras trae a su memoria estos impactantes recuerdos.

Los tres primeros meses fueron muy duros para todos. Al miedo y respeto que generaba aquella situación tan inesperada para ellos, se unió  la falta de comida. La ciudad no tenía puerto y costaba un gran esfuerzo poder desembarcar materiales y víveres en aquellos meses invernales. Apenas podían sobrevivir con un chusco y una lata de sardinas al día. Las fuerzas de los soldados se debilitaron gravemente y los piojos lo invadieron todo.  Nada extraño en un ejército en el que solo abundaban los soldados. Todo lo demás eran carencias. 

Así aguantaron hasta la llegada del buen tiempo. Con él vino la estabilización del frente, la construcción de un precario puerto, la normalización en el rancho y la habituación al sonido de  los disparos, a las explosiones de las minas pisadas por las noches por los chascales. Así hasta el 24 de julio de 1948, día en el que de nuevo embarcaron para deshacer un camino que hicieron ocho meses antes. 

Antonio desembarcó con sus compañeros en el puerto de Cádiz. Recuerda que se encontró con unos paisanos quienes se sorprendieron por el uniforme tan destrozado que vestía. Tan mal estado presentaba que les prohibieron salir a la calle. Pues bien, asevera Antonio, este uniforme se lo entregaron cuando embarcaron para sustituir al que llevaban que aún estaba peor. Y es que, vuelve a repetir, vivían “como culebras” y, por supuesto, nunca le entregaron otro. Todo un símbolo de las carencias de aquél ejército de los años 50. Pocos días después nuestro paisano es licenciado

La guerra de Ifni apenas duró cuatro meses, pero fue cruenta y dura. Según fuentes de la Capitanía General de Canarias publicadas en la Revista Historia 16, nº 167, correspondiente al mes de marzo de 1990, hubo 83 muertos, 251 heridos y 56 desaparecidos. El general Casas de la Vega en su libro “La última guerra de África”, eleva estas cifras a 118 muertos, 350 heridos y 78 desaparecidos. En cualquier caso cifras abultadas que nos muestran de una manera clara que aquello no fueron escaramuzas de bandas de moros como quisieron mostrar las autoridades de la época.

Y en esta extraña situación se mantiene Sidi-Ifni durante once años más. El 31 de julio de 1969, y de una manera amistosa, se arría la bandera española del mástil de la Plaza de España, que pasaría a llamarse Hassan II. “Tanto esfuerzo para luego darla”, termina comentado Antonio, quien por otra parte entiende que fue el final más lógico. Lo que nunca debieron hacer los gobernantes españoles, sentencia, fue ocupar un terreno que no era suyo y que, por otra parte, nada ofrecía de bien.

 

 

(1) Las colonias fueron territorios gobernados totalmente por las potencias invasoras. Los protectorados eran aquellos otros en los que se mantenía los gobiernos indígenas para la gobernanza interna, pero siempre bajo la supervisión y sometimiento del estado ocupante. La política exterior y el ejército eran controlados por la metrópoli.

(2) En esta guerra no se involucró directamente el ejército marroquí, cediendo el papel de beligerante al denominado Ejército de Liberación, una tropa de milicianos creado unos años antes por partidos nacionalistas para luchar por la independencia y que a estas alturas aún no había terminado de disolverse. Movidos por fuertes ideales políticos-religiosos, luchaban bravamente.

(3) Antonio Fernández Castro nació en Huelma el 5 de julio de 1935, hijo José Fernández Fernández y de Juana Castro Lirio. En 1962 contrae matrimonio con Ana Navarro Justicia.

(4) Así llamaban a los disparos que provenían del enemigo por el sonido que generaban. “Pacummm” es la onomatopeya que utiliza Antonio para describirme algunos episodios bélicos.

(5) Santiago Cristos Astray había nacido en La Coruña en 1929.  Había estudiado magisterio, y tras aprobar las oposiciones cumplió el servicio militar como alférez de complemento. Luego, aprovechando una convocatoria de vacantes efectivos de Complemento, pudo continuar en el ejército como teniente. Me cuenta Antonio que “su teniente” sentía aprecio hacia él, y él fue el que le propuso como cabo.

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